Del ascenso al poder a la trampa de la gobernabilidad o, dicho en criollo, por qué la maquinaria del caos electoral es incompatible con la gestión del Estado

El odio es un combustible electoral extraordinario, pero un pésimo insumo para la gestión pública. Por qué la maquinaria de indignación permanente termina complicando a quienes prometieron acabar con la casta

COMUNICACIÓN POLÍTICA (MAGMA)

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La paradoja más crítica de la política contemporánea es de naturaleza biológica, la misma maquinaria digital diseñada para dinamitar el statu quo y conquistar el poder es, por definición, genéticamente incompatible con el ejercicio estable del gobierno. Detrás de la aparente anarquía de los ecosistemas que encumbran a las nuevas derechas y movimientos antisistema globales, se oculta el trabajo metódico de los "Ingenieros del Caos",como bien los define Giuliano da Empoli, una cofradía de publicistas, psicólogos y expertos en Big Data que transformaron el enojo social en una ciencia exacta. El problema es que el éxito para capitalizar la furia se convierte en una trampa mortal al momento de gestionar el Estado. El monstruo que los lleva a la cima se alimenta de hiperpolarización constante; y un motor que solo funciona a base de conflicto es incapaz de encender la maquinaria del día a día gubernamental.

Para conquistar el poder, estos ingenieros comprendieron antes que nadie que la frustración ciudadana es una fuente colosal de energía hidróelectricamente explotable. Ante la evaporación de los viejos "bancos de indignación" tradicionales, como los partidos históricos, movimientos sociales o los sindicatos, que antes contenían y encauzaban institucionalmente las crisis, la ira hoy fluye desorganizada. Es ahí donde opera la lógica centrífuga de la política cuántica, ya no se busca converger en el centralismo partidario para unir a las mayorías, sino inflamar y sumar las pasiones de decenas de grupúsculos extremistas atomizados.

Movimientos enteros nacen sin doctrina, operando como un código diseñado para interceptar el consenso mediante los temas que generan más clics y engagement. Como las redes sociales otorgan la capacidad a quienes generan contenido para mantener al usuario en un estado de indignación permanente ,porque las emociones negativas también aseguran tiempo de pantalla, el conflicto se transforma en el único combustible viable para este tipo de campaña.

Sin embargo, la física de la demolición es opuesta por concepto a la física de la construcción. El ejercicio del poder en una democracia representativa exige, inevitablemente, la construcción de puentes, el pacto entre sectores heterogéneos y la administración de la muy compleja realidad. Es acá donde la trampa de la gobernabilidad se cierra sobre los nuevos líderes surgidos del caos. Al fomentar como base electoral, la destrucción del status quo, la hiperpolarizacion y la negación del otro, se dinamita la base sobre la cual es posible la construcción de esos puentes, por que extraño que parezca, cualquier intento de acuerdo que otorgue gobernabilidad, se transforma a su vez, en una debilidad vergonzante para su base electoral. Lo que genera esta dicotomía es que el consenso estable y de largo plazo, se vuelve un imposible.

Para colmo, atrapados en la tiranía del "Never be boring" (nunca seas aburrido), estos gobiernos se ven obligados a producir un escándalo o un sainete diario para mantener movilizadas a sus bases. Esta transgresión continua impide la estabilidad mínima que requiere cualquier política pública seria. El líder deja de ser un estadista para convertirse en un esclavo del feedback inmediato, atrapado en la lógica de inventar enemigos; la prensa, las universidades, la oposición, el empresariado y otra vez los periodistas, para justificar su propia existencia.

El desenlace de este cortocircuito es el efecto bumerán. Liberar los instintos más bajos del público es una tarea sencilla; domesticar a la bestia cuando las papas queman es otra historia. En un sistema social caótico, cualquier mala decisión de gestión o crisis económica mal pilotada produce reacciones en cadena imparables. Y el algoritmo, conviene recordarlo, no tiene lealtad. Si el bienestar no llega, la misma maquinaria diseñada para triturar a las élites tradicionales redirige la furia hacia los nuevos inquilinos del poder. Al convertirse en parte de “la casta”, pasan a ser el blanco móvil del carnaval de escarnio que ellos mismos desataron, asediados además por la "minoría intolerante" de sus propios fanáticos radicalizados, quienes no perdonan ningún intento de moderación pragmática.

Terminar con "la casta" o prometer el apocalipsis de los privilegios siempre ha sido un eslogan de campaña extraordinario para canalizar el voto castigo. Pero la gestión pública no se sostiene con likes o lineas de texto repletas de agravios. Al igual que los viejos mitos asamblearios del "que se vayan todos", las herramientas del caos sirven para vaciar el escenario, pero te dejan sin elenco para gobernar el día después. Sin las denostadas artes de la negociación, el equilibrio institucional y la construcción de mayorías estables, el reinado algorítmico está condenado a ser devorado por el mismo monstruo digital que creyó haber domesticado.


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