Más rosca y menos novela muchachos
¿En qué momento la efectividad del acuerdo político se cambió por los reproches públicos y las vanidades personales? Mientras el oficialismo abraza el pragmatismo para sobrevivir, el peronismo parece olvidar su mayor herramienta histórica. La rosca da vida y gobernabilidad; el espectáculo mediático solo destruye la confianza
COMUNICACIÓN POLÍTICA (MAGMA)
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Los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos, dice la marcha que le da identidad sonora al movimiento. Hace unos años, leí un libro que me pareció excelente, se llama La rosca política, de Mariana Gené. De este libro solo voy a mencionar una cuestión. En los análisis sobre cómo y quién motorizo grandes acuerdos que otorgaron gobernabilidad o posibilitó la salida de crisis que parecían terminales; casi siempre o siempre, fueron los peronistas los que lo lograron, y más aún, lo hicieron siendo tanto oficialismo como oposición. Hoy, con Diego Santilli como jefe de Gabinete, el gobierno de Javier Milei parece estar aprendiendo algo que el peronismo está olvidando: “la rosca” sigue vigente y da vida y gobernabilidad.
¿Qué es verdaderamente la rosca? Lejos de las condenas morales que a menudo se le hacen desde la indignación pública, en el detrás de escena del poder, la "rosca" es la política con minúscula, el entramado de negociación cotidiana y el "toma y daca" entre distintos actores para lograr que las cosas finalmente sucedan. Los grandes "armadores políticos" son, en esencia, constructores de vínculos y agregadores de voluntades, piezas fundamentales para garantizar la gobernabilidad de un país.
En la historia del peronismo, esta práctica fue elevada a la categoría de arte. Figuras emblemáticas demostraron que el ejercicio de la política exige tener "códigos", ser confiable, respetar los pactos informales y cumplir siempre la palabra empeñada. El buen rosquero sabe que debe separar los tantos; "no es lo mismo la situación personal que la situación política". Las diferencias políticas no deben tomarse como agravios personales irreparables que impidan sentarse a la mesa a tejer acuerdos.
Sin embargo, hoy vemos un peronismo que ha reemplazado la efectividad de la rosca interna por el exhibicionismo de sus diferencias. En lugar de dirimir las tensiones a puertas cerradas para ofrecer un frente de poder ordenado, se ha optado por ventilar los problemas internos ante toda la sociedad, convirtiendo la política en una verdadera "novela". Esta dinámica de divisiones y disputas permanentes a cielo abierto está marcando el ritmo de las internas y limitando severamente la capacidad de reinvención, orden y flexibilidad pragmática que históricamente caracterizó al justicialismo.
Cuando las peleas internas se exponen como un espectáculo mediático, se destruye la confianza, que es el "pegamento invisible" que posibilita la negociación y la consecución de acuerdos. La política se degrada cuando se pierde la capacidad de acordar en la trastienda para sostener un proyecto común. El "bardeo" público anula el diálogo permanente por arriba y por abajo que históricamente permitió apaciguar las crisis y garantizar la paz institucional.
Mientras el peronismo se enreda en sus propias vanidades y reproches públicos, el oficialismo de Javier Milei parece haber comprendido rápidamente la lección de la supervivencia política. El reciente nombramiento de Diego Santilli como jefe de Gabinete, parece inaugurar, todavía está por verse, una nueva etapa caracterizada por la profundización de los acuerdos políticos; dicho en criollo, más rosca. La designación del “Colo” parece querer dejar atrás los días de la intransigencia libertaria donde el Presidente aseguraba; "No vinimos a entrar en el toma y daca de la política". Y hoy vemos que a pesar de haber insultado duramente a Santilli en el pasado, la realidad del ejercicio del poder, impuso un giro hiperpragmático al padre de Conan.
El Gobierno actual ha entendido el histórico apotegma que en su momento celebró Emilio Monzó con su famosa frase "reivindico la rosca". Todo indica que han comprendido que para sostener la gobernabilidad, es absolutamente imprescindible sentarse a negociar y ceder, incluso con aquellos adversarios con los que existen profundas diferencias.
El peronismo, que fue el maestro indiscutido en la arquitectura del poder, la persuasión y la cooptación, se encuentra hoy frente a un espejo incómodo. Si pretende volver a ser una opción real de poder y no una mera sumatoria de facciones quejosas, debe recuperar su esencia. Es hora de cerrar las puertas, discutir a fondo adentro, y salir unidos hacia afuera. Porque la gente, espera, se cansa, se fastidia y mira para arriba, y ante este escenario que pinta complejo, en definitiva, más rosca y menos novela, muchachos.
